
Que el alcohol es un estimulante sexual es una creencia bastante generalizada.
Lo que pasa es que puede tener el efecto de desinhibir a los que son medio tímidos, tranquilizar a los que sienten ansiedad y darles sensación de seguridad a los temerosos.
Pero las investigaciones demuestran que se trata en realidad de una creencia errónea. Tanto en varones como en mujeres, el efecto del alcohol es más bien opuesto, ya que dificulta o bloquea la puesta en marcha de múltiples respuestas corporales, como la erección del pene, la lubricación vaginal o la intensidad del orgasmo.
"El alcohol provoca el deseo pero frustra la ejecución", decía William Shakespeare.
Este cerebro primitivo es en parte el sostén biológico de emociones e impulsos incluidos los sexuales que hemos aprendido a controlar y limitar en función de una convivencia más "civilizada".
Con las censuras relajadas por los efectos del alcohol, sin esos frenos ¿qué hace una persona? Como bien sabemos: muchas cosas que no haría estando sobria.
Adolescentes tienen su "primera vez" sin haberlo decidido realmente ni acordarlo, sin precauciones.
Y aunque no se trate del debut, muchos terminan en la cama con alguien para arrepentirse después. O se exponen a situaciones peligrosas con desconocidos.
En una palabra, se trata de un arma de doble filo. Por supuesto que es legítimo y muy agradable poder compartir una bebida "espirituosa" en pareja o con amigos.
Pero sería bueno no recurrir a ella como un auxilio, en busca de sus efectos. Si así lo hiciéramos lo que puede volverse un hábito además de un boomerang estaríamos pretendiendo arreglar desde afuera dificultades que tienen que ver con lo interno.
Y en el mapa de la salud el camino es siempre inverso, es de adentro hacia afuera.
Al mismo tiempo, nos estaríamos perdiendo la oportunidad de disfrutar plenamente, con nuestros sentidos bien despiertos y despejados, a toda conciencia y sensibilidad, la ansiada intimidad con el otro; es decir, la plenitud del encuentro sexual.






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