“Sólo sé que nada sé” decía el gran filósofo, un nada sé que no se aplica únicamente a lo intelectual, también lo dice todo de aquello que más nos concierne, la muerte y la sexualidad.
De la primera nos preguntamos qué pasará después, hacemos teorías y especialmente tememos.
La segunda la vivimos en la inmediatez de acuerdo a la época que tocó en suerte, y la nuestra, a pesar de todos sus cambios, destapes y liberaciones, no se muestra menos enigmática, aunque algunos se propongan como poseedores de un saber sobre ella.
La sexualidad implica el erotismo, del cual: ¿quién podría decir que es predecible? Una verdad que aceptan muy bien los poetas porque en donde se manifiesta el deseo lo manejable es escaso, y lo sabemos, lo vivimos a diario cuando prometiéndonos una cosa terminamos haciendo otra.
Y no sólo eso, también su expresión tomará formas diversas del lado del hombre o de la mujer, es decir, desde la posición sexuada.
Del lado de ellas el atractivo y la belleza juegan su papel, en unas más que en otras pero siempre presente para todas, porque lo que está del lado de lo femenino implica ser ese objeto para lo masculino, la búsqueda de una mirada que le confirme saberse deseada.
Y para ellos, un encuentro, la posibilidad de un brillo que los hace sentir vivos, que está más allá de adornos y atavíos, como diría el poeta John Donne.
Y, en ese juego, a veces aparece el amor.
Ellas, las más interesadas, porque viene a calmar esa condición de ser sólo un objeto de deseo que, aunque es un disfrute, -lo demuestra toda la industria de la moda, afeites y coqueteo
la puede hacer penar, ya que, aunque hace parte de su condición de ser, no es lo único que quiere, es sólo un señuelo para conquistarlo a él.
Y de él se dice que es más proclive a la sexualidad que al amor, hoy el reguetón lo pregona, pero como en todos los tiempos también en algún momento caerá rendido en sus trampas, indudablemente un alivio para esa posición de poder, de ser siempre un conquistador que se apaciguará con la que lo puede acoger con sus y fallas y debilidades.
Los objetos que completan a toda mujer me produjeron una soledad y un dolor terribles y la sensación y el deseo de ser suyo”.
El poeta nos habla aquí del amor, a algunos les pasa, y no sólo eso, otros tienen la suerte de poder decir lo que parece imposible, nombrar esa condición de entrega, de bajar las armas para poder amar.
A ellas también les puede ocurrir, que aún con sus oropeles y envolturas, puedan dar algo más que eso.
Si, no les ocurre a todos, hay que reconocerlo, lo cotidiano y el arte en todas sus vertientes lo muestra.
Condición humana, podríamos concluir, en la que lo que se desea se escabulle porque el azar y las contingencias que son impredecibles, colaboran en el juego.
Por eso podemos terminar con otro pensamiento, porque para hablar de amor hay que ayudarse y de pronto esbozar una sonrisa: “La verdadera desgracia es no amar. El hecho de no ser amado es mala suerte”.







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