Para Octavio Paz, el poema es un objeto de lenguaje, una constelación de signos, capaz de proyectar al lector a la experiencia de la poesía, que es un reencuentro con la unidad original de la que ha sido expulsado el hombre.
El tiempo primordial encarna en un instante y entonces la sucesión en la que el ser está atrapado se convierte en un presente puro que lo alimenta y transmuta.
Por otra parte, si la experiencia poética es eminentemente individual, simultáneamente es colectiva, si se toma en cuenta sus orígenes: la fiesta y sus relaciones con lo sagrado.
La experiencia poética sucede dentro de la comunidad que, en sus ritos, repite los mitos fundadores pero sucede también de una manera personal, como una experiencia religiosa.
Lo sobrenatural, la religión, el amor y la poesía permiten al ser humano salir de sí mismo y ser otro.
Ana Ilce Gómez escribe sus versos oficiando una ceremonia sagrada, en la que dialoga con sus ancestros y se interroga a si misma sobre los grandes temas de la vida.
Dialoga incluso con sus poemas, los que parecen cobrar vida propia y salen por el mundo en busca de lectores.
Al leer Ceremonias del silencio se le percibe como una sacerdotisa, oficiando el rito del amor y dejando al viento el desamor que ha marcado sus rituales antiguos.
Poema clave es “Piedra de sacrificio”, que desde el título mismo está lleno de connotaciones que implican la vida amorosa.







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